He
pasado los últimos cinco años
buscando el algoritmo para
la “madre educadora en casa” ideal. ¿Quién no quisiera descubrir la fórmula para tener una casa limpia y decorada como en
las revistas, hijos y esposo bien alimentados,
así como niños virtuosos en carácter Cristiano, lenguas extranjeras y diversos instrumentos musicales simultaneamente? Pese a extensivas búsquedas en internet y experimentos varios, siempre he terminado el día con la sensación de haber fallado
gravemente en algo. Si tiendes al perfeccionismo tanto como yo,
permíteme evitarte corer
con mi misma pena y adelantarte la respuesta: se trata de un ideal imposible.
En los días
en que mi casa rechinaba de
limpia, sentía que le había faltado atención
a alguno de mis hijos. En
los días en que la comida era nutritiva y abundante, la casa quedaba totalmente patas arriba. Otros días
estaba a punto de darme un auto aplauso
por haber explicado exitosamente algún concepto educativo, solo para luego sentir remordimiento de haber dejado a los niños comer demasiados dulces ese día.
Ésto es hasta que recientemente Dios tocó mi corazón a través del testimonio
de Joni Eareckson Tada. Joni es
una mujer parapléjica desde hace más de treinta
años, que ha permitido que su debilidad glorifique
a Dios. Lo más
impactante que salió de la boca de ésta persona que no puede moverse del
cuello para abajo fue: “lo que más me emociona de ir al cielo, no es el cuerpo nuevo que voy a tener para brincar y bailar, sino el estar por
siempre separada del pecado que ofende a mi Señor”.
En seguido Dios tuvo la gracia de mostrarme que nunca voy a encontrar la manera de cumplir con todas mis responsabilidades
a la perfección de tal manera que tenga algo qué
presumir…pero eso no importa, porque no es lo que Dios Él quiere. Lo que Él desea que yo
permita que las circunstancias
moldeen mi carácter. Dios quiere qie mi corazón
sea purificado y librado de
todo egoísmo y vanagloria para que pueda ser llenado con Su amor.
“Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena
gana me gloriaré más bien en
mis debilidades, para que habite en mí
el poder de Cristo”.
2 Corintios 12:9

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