Es obvio que estoy
exagerando al decir que todas las opiniones de mi esposo están mal,
así como
sería absurdo asumir que mi manera de ver las situaciones siempre están bien. En lo que no exagero es en
que a veces siento que tengo toda la razón,
y que a veces sé que en determinado punto mi esposo está equivocado.
El
panorama amplio de lo que mi esposo
y yo deseamos para nuestros hijos lo tenemos muy claro:
que amen a Dios por sobre todas las cosas, que sean honestos
y responsables, y que sean buenos amigos y ciudadanos.
El problema
son ese millón de pequeños detalles que conforman nuestro día a día, pero
que no constituyen un imperativo
moral, sino preferencias personales y costumbres traídas de nuestro hogar de origen. ¿Es necesario lavarse
el cabello todos los días? ¿Los regalos de Navidad los deben escoger
los hijos o los padres? ¿Es o no tiempo de quitarle el pañal a ese hijo
que se hace pipí por las noches?
La mamá
que se queda en casa mientras que su esposo sale a trabajar puede como
yo, encontrarse ante un falso dilema: “Ignoro las preferencias de mi esposo para poder ser autónoma y auténtica, o bien, hago todo según
las preferencias de mi esposo
pero me siento deprimida y sin voz propia”.
Habiendo probado ambos lados de éste falso dilema,
ambas veces con el mismo resultado frustrante, decidí probar una tercera
opción. En primer lugar, leamos el siguiente pasaje bíblico
Nada hagáis por
contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los
demás como superiores a él mismo
(Filipenses 2:3)
Después hice la siguiente lista mental:
MIS PREFERENCIAS
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PREFERENCIAS DE MI MEDIA NARANJA
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Que los niños tengan una casa y ropa limpísima.
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Que los niños coman unicamente comida casera.
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Que los niños jueguen en la naturaleza y tengan pocas cosas de plástico.
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Que los niños tengan muchos juguetes en su
cuarto de preferencia colecciones.
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Que la hora de dormir sea a las 8:00 PM.
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Que la hora de dormir sea hora de divertirse con papá.
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Que no haya televisión.
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Que los niños se familiaricen con todas las mejores series.
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Salir de paseo todos
los fines de semana.
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Descansar en casa
todos los fines de semana.
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Que los niños desarrollen criterio propio.
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Que los niños obedezcan sin cuestionar.
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La lista podría ser mucho más larga, pero
seamos realistas, ninguna madre puede
hacer TODO lo que desea por sus hijos,
y menos cuando su esposo prefiere
exactamente lo opuesto. Así como el concertista
de piano no puede a la vez ser campeón olímpico
de gimnasia, la chef gourmet no podrá
ser chofer de veintisiete actividades extraescolares. Por lo tanto, le pregunté directamente a mi esposo cuál de todas las cosas en su lista
era la principal, es decir,
qué cambio le traería más alegría,
y me dispuse a ceder sin juzgar, y ponerlo como número
uno en mi lista.
No puedo convertirme en otra persona, pero sí puedo demostra
honor y respeto por el esposo al elevar algunas de sus preferencias en el manejo de los hijos,
y eso es sin duda el mejor ejemplo
para ellos.

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