“Voy a ser firme” dije, “voy a
poner disciplina” pensé. “Mi esposo no es el único que hace obedecer las
reglas, desde ahora éstos niños van a ver que mamá también manda”. Mil veces me propuse impedir que mis hijos
rebasaran los límites, y ochocientas fallé, no porque no comprendiera que el
orden hiciera falta, sino porque me encontraba agotada.
Si pasas todo el día, o gran
parte del día con los niños, y si tus bellos retoños deciden que es divertido
jalarle el pelo a la hermana o pellizcar a su hermano, entonces te encuentras al
borde de un colapso y sólo quieres un minuto de paz. No has terminado de apagar un fuego cuando la
más pequeña ya comenzó un berrinche porque quería su sándwich “cortado en
cuadros, no en triángulos”. Tras haber
arreglado el problema del sándwich, la mayor estalla en llanto porque: “mi
hermanita derrumbó mi castillo de bloques”.
Puede ser también que tu
personalidad sea más de “espíritu libre” que la de tu esposo. Es común que uno de los dos padres sea por
naturaleza más estricto, y el otro más juguetón,(perfecto
si el que se queda en casa es estricto, ¿pero qué pasa si es al revés?). En mi caso, el poner una cara seria y
concentrarme en la ciencia de hacer que mi hija se acabe sus ejotes es lo más
deprimente que me pueda suceder, porque me roba el gozo.
Si eres en algo parecida a mí,
puedes darle gracias a Dios que nos da una salida de semejante encrucijada. Puedes respirar tranquila sabiendo que no
tienes que sufrir una metamorfosis para ser capaz de poner límites en tu casa.
Quiero ofrecer una serie de técnicas de disciplina para la mamá barco, que
quizá te puedan ayudar a corregir a tus hijos sin que termines frustrada y
derrotada.
“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea
humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis
resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que
podáis soportar.”
1 Corintios 10:3

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